El pasado del futuro
En 2019, Arvind Gupta publicó en su blog personal algo que merece ser releído hoy: un posteo titulado, con ambición deliberada, “The $100 Trillion Opportunity.” Se trataba de una tesis que en ese momento parecía tan exagerada que sonaba inverosímil: que las tecnologías basadas en la vida iban a ser la próxima gran disrupción productiva. Que eran la plataforma tecnológica clave para resolver no solamente los desafíos de salud o los que plantea el cambio climático , sino prácticamente todos los segmentos productivos y económicos de nuestro planeta.
Pero Gupta no solamente le ponía palabras a su idea. También le venía poniendo el cuerpo desde hacía cuatro años con IndieBio, la aceleradora que había co-fundado con Sean O’Sullivan precisamente para perseguir esa tesis.
Por supuesto que resoné con ese texto. ¿Cómo no hacerlo? Además, tuve la suerte de discutirlo con él unos meses después, cuando nos visitó en Argentina como keynote speaker de Bio Argentina 2019. Entonces pude comprobar que se trataba de exactamente la misma búsqueda que teníamos en GRIDX desde que empezamos, en 2016, pero que en ambos casos venía de todavía más atrás. En esos años previos, habíamos visto lo mismo que él vio y perseguimos el mismo impulso que él estaba persiguiendo y narrando con tanta claridad en su posteo: armar una organización para hacer la próxima gran disrupción productiva basada en tecnologías de la vida. También recuerdo que me emocionó ver que Beeflow (empresa de nuestro Batch 1, la primera camada de startups, el primerísimo primer piloto de lo que hoy somos) aparecía nombrada en ese mismo texto como un ejemplo, como un pedacito de ese futuro por armar.
Si bien el horizonte de futuro que observa Gupta en su texto es hacia los 2040 (y definitivamente valdrá la pena volver a ese texto en diez años), siento que pasó suficiente tiempo ya para poder decir que su tesis, nuestra tesis, ese insight de que la biología es la tecnología disruptiva sobre la que vamos a armar nuestro próximo sistema productivo, maduró bien. Con algunos achaques, pero bien. Han pasado algunos años desde que arrancó el tren del hype, y es hora de evaluar cómo nos está yendo en este viaje.
Después del hype
Hace unos siete u ocho años, la tesis “bio para todo” estaba en su máximo esplendor. Y ese impulso tuvo múltiples repercusiones. Empujó el crecimiento de las proteínas alternativas (con Impossible y Beyond al frente) y aceleró la industria de carne cultivada. Impulsó el desarrollo de terapias basadas en CRISPR. Influyó en que Pivot Bio alcanzara la valuación de unicornio con la promesa de reemplazar fertilizantes sintéticos con microbios. Bolt Threads atrajo a Stella McCartney y Adidas con su promesa de reemplazar el cuero con hongos. Y, tal vez como síntesis de toda esa época, Ginkgo Bioworks y Zymergen salieron a bolsa.
Pero después, el sector bio, que parecía destinado a crecer sin límites, se frenó. Incluso retrocedió un poco. El mundo dio un vuelco y en los 6 años que seguirían asistimos a un cambio de fase que modificó por completo el escenario de oportunidades:
Una pandemia. Tensiones geopolíticas crecientes en un mundo menos globalizado que resultaron en la necesidad de una matriz productiva con menos puntos críticos. Presiones inéditas sobre los sistemas de salud donde el envejecimiento demográfico se combina con la epidemia de enfermedades crónicas. Un marco ambiental que se expandió más allá del cambio climático para incluir la crisis de biodiversidad, el agotamiento de los suelos, el agua y otros límites planetarios. La caída del costo de secuenciación de un genoma humano por debajo de los USD 100. El Nobel de AlphaFold. El Nobel de CRISPR. Y una revolución de inteligencia artificial que encontró en la biología digitalizada territorio extremadamente fértil.
Sobre ese escenario, la industria no explotó, es cierto, pero lejos de achicarse, se fortaleció. Derretido el hype inicial, las tecnologías fundamentales siguieron mejorando consistentemente, el ecosistema siguió creciendo y los fundamentos para una transición biológica se hicieron cada vez más sólidos. La transición se hizo cada vez más necesaria. Cada vez más inevitable.
Escribo estas palabras habiendo vivido (sobrevivido incluso) esas turbulencias y seguro de que aún quedan otras por enfrentar. En GridX llevamos diez años construyendo en bio desde América Latina, tenemos casi cien startups en el portfolio y no podemos dejar de ver señales que antes no existían. Hoy no creo que haya que corregir esa primera tesis bio de hace ya una década, sino darle continuidad y, al mismo tiempo, renovarla. Eso que hace una década sentíamos como una especie de llamado desde el futuro, ahora el mundo entero lo empieza a ver.
Después de acompañar startups en biopharma, fermentación de precisión, materiales bio-basados, biofertilizantes, biología computacional, salud, biomanufactura y muchas otras formas de articular la biología como producto y proceso, en GridX tenemos acceso a algo poco común: una perspectiva cercana y naturalista de un ecosistema diverso, que nos incluye y nos excede. Una red viva de startups, fondos, universidades, actores estatales y profesionales bio que se fue desarrollando y que, me animo a pensar, confirma con mucha más nitidez que hace diez años que la biología no es un sector más: es un nuevo stack tecnológico que puede reorganizar cómo producimos.
Alimentos, medicamentos, materiales de construcción, solventes, cosméticos… la industria bio puede producir todo. Puede transformar, además de los productos, los procesos productivos mismos diseñando proteínas, organismos, suelos y bioprocesos de todo tipo. Porque el planeta lo necesita, sí, pero sobre todo porque la humanidad y nuestra economía lo necesita.
La necesidad y la promesa
Los fundamentos que hoy hacen de la construcción de una matriz productiva basada en la biología una necesidad concreta son más amplios y más duros que los de entonces.
La presión sobre los límites planetarios dejó de ser una advertencia ética para volverse una restricción productiva tangible. Escalar todavía más el sistema productivo actual sin modificarlo de raíz es incompatible con lo que el planeta puede metabolizar. Simplemente no alcanza. Y eso hace indispensable una disrupción.
La fragilidad de un sistema material basado en la petroquímica pasó de ser un riesgo a una realidad que reorganiza industrias y geopolítica. Lo que era un horizonte lejano de necesidad de cambio se convirtió en urgencia concreta: escasez de fertilizantes sintéticos que se traduce en menos producción de alimentos, cadenas de abastecimiento dañadas que van a tardar años en recuperarse, faltantes en insumos fundamentales que ya son noticia.
A eso se suma lo demográfico. Año tras año, un mundo con poblaciones cada vez más envejecidas — y en algunos países como Estados Unidos con una degradación de la salud en general; según el reporte MAHA, seis de cada diez personas sufren enfermedades crónicas — demanda innovación en salud, nutrición, prevención y cuidado que los sistemas actuales no pueden proveer a la escala necesaria.
La presión, la demanda, es palpable. La buena noticia es que también maduró la oferta.
La convergencia tecnológica prometida se está cumpliendo, me animo a decir que hasta con creces: IA aplicada a biología, costos de síntesis y secuenciación cayendo en órdenes de magnitud, plataformas de fermentación y biofabricación madurando y escalando. El tiempo entre descubrimiento científico y producto en mercado se acortó. No a la velocidad del software, pero sí mucho más que hace diez años.
También mejoramos nosotros, los inversores. Todo el ecosistema de inversión bio mejoró. Hoy entendemos mejor lo que necesita un founder, lo que hace que un equipo triunfe, la velocidad a la que podemos esperar que madure. No lo entendemos perfectamente y no podemos predecir con exactitud, pero seguro lo entendemos mejor que ayer y lo entenderemos mejor mañana.
Todo eso (la presión geopolítica, el envejecimiento, la convergencia) hace que la biología haya dejado de ser una apuesta especulativa en términos tecnológicos. Es una promesa que se está cumpliendo todos los días.
Sin embargo, hay una pregunta que debemos hacer en voz alta: ¿el sistema de venture capital disponible para financiar este ecosistema está diseñado de la manera que el ecosistema necesita?
Un VC a la medida de este ecosistema
El modelo de VC que conocemos fue construido para la digitalidad. Bits que se replican a costo cero, efectos de red que concentran valor rápido, un ganador que se lleva casi todo en cinco a siete años y desplaza industrias históricas para construir sobre ellas un nuevo reinado: publicidad, comercio, finanzas, logística, hotelería, viajes. Esa lógica produce una sola intuición: buscá el monopolio natural. Cien empresas que nacen, una power law empinadísima, uno o dos grandes enormes éxitos y 98 bajas como expectativa natural de portfolio.
Estas nuevas empresas bio no niegan la posibilidad de esos éxitos enormes (nuestro propio portfolio tiene empresas con todo el potencial de volverse plataformas que definen una categoría). Pero habiendo visto crecer este ecosistema, ahora nos toca presenciar algo más. Algo que en el modelo digital no abunda: empresas que resuelven problemas difíciles y que tienen valor real precisamente porque el problema que resolvieron es difícil. Un proceso, un organismo, una solución que nadie más tiene: eso vale, aunque no sea la plataforma dominante. Y cuando esa solución es tan específica tiene sentido insertarla en la cadena productiva a través las grandes empresas que ya dominan la última milla, trayendo capacidades que esas empresas no pueden ni van a poder desarrollar solas.
Esto es especialmente relevante ahora que la disrupción en inteligencia artificial, sobre todo la agéntica, muestra que los productos puramente digitales difícilmente tengan defensibilidad duradera. Ordenar bits es más fácil que ordenar átomos. La materialidad es uno de los pocos espacios donde todavía se puede producir una capacidad única.
Tal vez el punto no sea encontrarle un nombre nuevo a una empresa de cien o doscientos millones, sino construir un ecosistema donde diez empresas de cien millones resuelven problemas que nadie más puede resolver. La industria startup ya inventó demasiados animales para nombrar excepciones: unicornios, camellos, cebras. Todos intentos de domesticar con metáforas una realidad que muchas veces es más simple: hay empresas que valen porque resolvieron algo que antes no se podía resolver.
En bio, ese algo suele tener espesor material. Un microorganismo, una enzima, una formulación, una plataforma de producción, una interfaz con el territorio, con un hospital, con una planta industrial, con un comprador que necesita reemplazar una molécula, mejorar un alimento, producir de otro modo, bajar riesgo, ganar resiliencia. Eso no siempre produce monopolios perfectos. Produce capacidades. Y cuando una transición productiva empieza, las capacidades escasas valen.
Este nuevo perfil de empresa nos pide un perfil de equipo fundador distinto. Primero estamos convencidos de que el científico o científica tiene que estar en el centro del negocio y ser parte de esta empresa como su proyecto de vida en donde pone cabeza, cuerpo y espíritu para transformar una carrera científica académica en una carrera científica emprendedora. Sin la ciencia no es posible pero con la ciencia sola no alcanza. Desde un principio pensamos que era fundamental que que esta ciencia se complemente con experiencia y energía de perfiles de negocio. Emprendedores y aspirantes a emprendedores. Así, ciencia y negocios buscando juntos la maximización del impacto.
Tuvimos la gran fortuna en estos 10 años de encontrar a estos emprendedores que salen de su proyecto académico y saltan al vacío de crear una empresa. Osados y talentosos perfiles de negocios que aceptan el desafío de liderar empresas científicas.
También esta generación proyectó un tipo distinto de empresa al que supimos conocer en la digitalidad. Empresas desarrollando tecnologías para que otros las incorporen en sus cadenas de valor. En su gran mayoría son empresas que no buscan desplazar a las viejas industrias sino trabajar en conjunto con quienes desarrollaron un modelo global de abastecimiento, pero no tienen las tecnologías para hacer un sistema compatible con la vida.
Fail fast vs Don’t die es más que un slogan, es un marco de referencia de este nuevo perfil emprendedor que encuentra la gran oportunidad de diferenciarse y tener éxito en encontrar el camino para que la ciencia llegue a impactar en el mundo real construyendo, en el camino, valor en su propiedad intelectual, equipos y capacidades de desarrollo.
Por eso, quizás la pregunta correcta no sea solamente cuánto puede valer una compañía bio, sino también qué red de compañías, conocimiento, infraestructura, capital y demanda puede hacer que una nueva matriz productiva efectivamente aparezca. Qué tipo de capital entiende el tiempo de los sistemas vivos. Qué tipo de organización acompaña founders sin anularlos. Qué tipo de ecosistema permite que algunas empresas escalen como plataformas y muchas otras proliferen como piezas críticas de un stack nuevo.
Esa es la conversación que queremos abrir.
No tenemos la respuesta perfecta. Tenemos algo mejor: diez años de experiencias, señales, errores, compañías, founders, preguntas y aprendizajes. Y tenemos un plan de diez años hacia adelante que demuestra nuestro compromiso.
Por último, todo esto que queremos hacer, lo queremos hacer acá. Desde América Latina para el mundo. Porque para mucha gente en esta comunidad, desarrollar un nuevo sistema productivo basado en la vida es, valga la redundancia, un proyecto de vida. Lo veo todos los días en mi equipo, en los founders, en colegas, en cada vez más científicos en organismos vinculados a la ciencia y al desarrollo, en cada vez más inversores y grandes empresas que se acercan y quieren ser parte.
¿Por último, dije? Debí decir “por el principio”. Este espacio online nace de la necesidad de ordenar lo aprendido, compartirlo con quienes están construyendo esta transición y volver más visible una intuición que dejó de ser una promesa lejana: la biología como forma de producir mundo. Así que allá vamos, les iremos contando todo lo que aprendimos en el camino.

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